Winston Churchill le preguntó al psicoanalista Donald Winnicott sobre la cantidad de niños solos por la guerra y le respondió: “Consígales una familia, porque de ello depende la democracia de Inglaterra”.
- POR JUAN ALBERTO YARÍA
- 27.02.2022
Hoy no voy a hablar sobre temas de drogas como lo hago habitualmente. Me impactó el llanto de una niña al despedirse de su padre que iba a la guerra en la invasión de Rusia a Ucrania. También me quiero referir a la cantidad de niños evacuados desde distintos lugares del mundo que no tienen el principal alimento que es el amor, y su circuito es el ruido de las bombas o la huida en embarcaciones inseguras hacia territorios desconocidos. También quiero reflexionar sobre los miles de niños que andan solos en las calles de nuestras ciudades y viven la guerra de no tener padres y no tienen familias adoptantes. Por último, me quiero referir a la gran cantidad de niños adoptados pero que les cuesta `adoptar’ a sus padres y tienen conductas antisociales, como si se vengaran de su destino.
El niño solo y sin amor es, quizás, uno de los principales dolores de hoy y máxime en momentos donde se denigra y devalúa la vida familiar, y se hace al mismo tiempo de los derechos del niño un olvido permanente. Donald Winnicott emplea permanente la palabra `hogar’ como casi sinónimo de amor ofrendado. Hogar es una palabra que se ha cancelado hoy en el discurso de lo políticamente correcto en la cultura `woke’ que nos domina. El `wokismo’ es una política que intenta derribar viejos cimientos de la civilización y la libertad.
Es emocionante lo que se hace en Polonia en donde se ha creado una red de hogares para albergar a refugiados ucranianos y esto surgió del propio pueblo polaco que recuerda los horrores del nazismo. Creo que gran parte de la historia de la humanidad es el Amor, con mayúscula, y el trauma de la separación. El llanto de dos personas (en Ucrania) mientras el bus partía resume gran parte de nuestras vidas que es la historia del amor y de la separación cruenta de lo que amamos.
El maestro inglés Winnicott trabajó mucho con los efectos de la guerra en Inglaterra, con los niños de la guerra, y los niños evacuados en otros hogares, ya que sus padres estaban luchando o habían muerto. Sus obras `El niño y la guerra’ y `Albergues en tiempos de paz y de guerra‘ son odas maravillosas de un terapeuta que desparrama vida y amor en sus tareas. En los niños muy pequeños, dice, los peores efectos se refieren a la separación con respecto de ambientes y olores familiares y, quizás, de la madre, y de la pérdida de contacto con el padre, cosas que a menudo son imposibles evitar. Con todo, puede ocurrir que tengan más contacto con el cuerpo de la madre del que se produciría en circunstancias ordinarias, y, a veces, descubren cómo se siente la madre cuando tiene miedo (ruido de bombas, explosiones, etc.). Muy pronto, sin embargo, los niños comienzan a pensar y a hablar en términos de guerra tomando el vocabulario de los adultos que lo rodean, y tienen la mente llena de aviones, misiles, bombas y cráteres.
En otro grupo (comentando sobre su experiencia con niños evacuados) encontramos al niño sobre cuyos hombros parece descansar el `peso’ del mundo, el niño que tiende a deprimirse. De este grupo surgen los individuos capaces del más valioso esfuerzo constructivo, sea bajo la forma de protección a niños más pequeños o de producción de algo valioso en una u otra forma del arte. Para esos niños, la idea de la guerra es espantosa, pero ya la han experimentado en sí mismos. No hay esperanza, ni desesperación que les resulte nueva. Para esos niños las noticias de guerra son terribles cuando son realmente malas, y jubilosas cuando proporcionan seguridad.
EL HOGAR PERDIDO ES EL AMOR PERDIDO
Winnicott dice también: “Es posible que alguien ame a un niño y, no obstante, fracase, porque el niño no tiene la sensación de estar en un hogar. Creo que lo importante aquí es que si uno hace un hogar para un niño, le proporciona un pequeño fragmento del mundo que el niño puede comprender, y en el que puede creer, en los momentos en que falta amor, pues a veces falta amor, aunque sea superficialmente”.
Es tan natural que un niño sienta que su propio hogar es mejor y que lo que cocina su propia madre es lo único digno de comerse. La mayor parte de las veces, ustedes comprobaron que el niño a su cuidado necesitaba un largo tiempo, quizás muy largo, para adaptarse. Quizás “haya algún osito, una muñeca o alguna ropa rescatada del hogar, hacia el cual pueda seguir experimentando algunos sentimientos, y entonces ese objeto adquiere tremenda importancia para él -objeto de transición que le recuerda el ambiente familiar y que es un consuelo y reparo-”.
Esa amenaza de perder los sentimientos, que surge para los niños alejados durante mucho tiempo de todo lo que aman, conduce a menudo a peleas. Los niños comienzan a buscar dificultades, y cuando alguien se enoja sienten un genuino alivio, pero ese alivio no es duradero. Durante la evacuación, los niños han tenido que pasar por estos angustiosos períodos de duda e incertidumbre, imposibilitados de regresar al hogar. Debían encontrar un nuevo hogar lejos del hogar. Ustedes, como custodios de los niños, debieron hacer frente a todo.
El cuidado corporal de un niño es algo muy importante. Mantener a un niño sano y libre de enfermedad física, es algo que necesita vigilancia constante. En el curso de un largo período de evacuación debe haber habido ocasiones en que los adoptantes (en los países que se preocupan por los chicos) tuvieron que asumir responsabilidad por alguna enfermedad corporal, cosa que resulta mucho más difícil de hacer cuando no se trata de un hijo propio. Cuidaron del cuerpo del niño, pero la evacuación hizo comprender a muchos que eso es sólo una parte de algo más vasto: el cuidado del niño íntegro, del niño íntegro que es un ser humano con una constante necesidad de amor y de comprensión.
La cuestión es que ustedes, dice Winnicott, “han hecho tanto más que proporcionar alimento, ropa y calor. Pero ni siquiera esto bastaba. El niño venía de un hogar, y ustedes lo recibieron en su hogar. Y el hogar parece estar por detrás de la idea de amor”.
“Si existe una sensación de hogar, la relación entre un niño y los adultos puede sobrevivir a largos períodos de equívocos. De modo que puedo suponer que, si han conservado a un niño evacuado durante largo tiempo, significa que lo han instalado en un hogar, lo cual es algo muy distinto de dejarlo estar en una casa, y el niño ha respondido y ha usado ese hogar como tal”.
El niño “llegó a creer -les dice a los padres adoptantes- y gradualmente pudo colocar en ustedes parte de sus sentimientos hacia la madre, de modo que, en cierto sentido, se convirtieron temporariamente en la madre del niño”. Tarde o temprano todo niño tenía que aceptar los hechos, aceptar que estaba lejos del hogar y solo. Lo que ocurría en ese momento dependía de la edad del niño, así como de la clase de criatura que fuera, y de la clase de hogar de dónde provenía, pero en esencia todos debían enfrentar el mismo problema: aceptaban el nuevo hogar o bien se aferraban a la idea de su propio hogar y trataban a su nueva ubicación como un lugar donde debían permanecer durante unas vacaciones bastante prolongadas.
Durante algunos días o semanas todo anda bien, y luego el niño descubre que ya no puede sentir que su madre es real, o bien conserva la idea de que su padre, o sus hermanos, sufrirán algún daño. Esta es la idea que tiene en la mente. También tiene toda clase de sueños relativos a luchas terroríficas que revelan, los intensos conflictos de su mente. Y peor aún, después de un tiempo puede descubrir que ya no tiene sentimientos intensos de ningún tipo. Toda su vida ha tenido intensos sentimientos de amor, y ha llegado a confiar en ellos, a darlos por sentados, a sentirse sostenido por ellos. De pronto, en tierra desconocida, se encuentra sin el apoyo de ningún sentimiento intenso, y eso lo aterroriza. No sabe que se recuperará, si puede esperar.
Juan Alberto Yaría
* Director general de Gradiva – Rehabilitación en adicciones